They preferred,
because of the rudeness of they heart
to die
rather
than surrender
Este singular blog, medio abandonado, renqueante, tiene sus cosas curiosas. De puertas afuera mencionaré las satisfacciones que me sigue dando para el poco tiempo que le dedico. En sus once años de existencia y por su actividad, he conocido a personas a los que ahora puedo llamar amigos, me he enriquecido con centenares de aportaciones respetuosas, sensatas y divertidas. Ha puesto en contacto a decenas de personas de todo el mundo que llevan mi apellido y gracias a eso se han reencontrado familiares lejanos. También uno de los post sirvió de ayuda para que se reparará un flagrante injusticia. Sólo por eso ya ha merecido la pena. Ahora que leo que mucha gente se queja de los trolls que asaltan sus bitácoras, puedo decir (lo diré bajito por si acaso) que sólo he tenido un troll (persistente, como todos los de su especie, pero que como dejé de alimentarlo se murió de inanición, pobrecito).
De puertas adentro, repaso las sorprendentes estadísticas y me doy cuenta que aquí se ha debido de hablar de temas que son atemporales y que interesan a un gran número de personas de todo orden y condición. Uno de esos temas, por el que siempre he tenido una especial fijación, es el del naufragio del Titánic. Un símbolo de la condición humana, una parábola de nuestra sociedad occidental ensimismada, siempre repartiendo culpas a la diestra y a la siniestra, pero que en el momento de enfrentarse a los problemas globales se centra en la solución individual y grita sálvese quién pueda y mirmidón el último.
Me resulta, de pura caricatura, entrañable el Titánic de opereta del crucero Costa Concordia. Con un malo tan risible como el comandante Schettino. Casi igual en su meridional apostura que Edward John Smith, comandante del Titanic que aguantó en la cabina hasta que lo engulló el mar. El kilo de héroe es ahora mucho más caro, debe ser cosa de la inflación. Y el kilo de responsabilidad y de orgullo torero se cotiza muy alto. Lo dicho, nadie es culpable de nada. Estamos en un continente que se hunde placidamente mientras la nave asiática, repleta de remeros jóvenes y hambrientos, ya alcanza una velocidad (valga la contradicción) de crucero y contempla a nuestro transatlántico que se ladea peligrosamente.
Y todos en la cubierta oyendo la orquesta y repartiendo culpas. A los que mandan, a los bajíos que nos impiden navegar. A la mar que antes nos impulsaba y ahora con la marea en nuestra contra, nos saca de la plácida ruta que indolentemente seguíamos.
Y debiéramos de mirar a esa barquita llena de gente flaca, que reman sin descanso. Y empezar a bogar con fuerza, porque sólo una persona no mueve un barco, pero si todos nos aplicamos la cosa mejora. Nuestros padres, al menos los míos, pasaron hambre, exilio y una guerra, y no se quejaron. Yo nunca les oí quejarse. Tomaron el rumbo de sus vidas y las cambiaron. Con pequeños gestos, con actitudes y sobre todo con trabajo.
A todos los que se quejan, sin hacer nada, dan ganas de que llegue el Comandante Falco de turno y que les diga voz tronante “¿estás cansado, no? ¿tienes y miedo quieres irte a tu casa? Pues, no. Vada a bordo, Cazzo!
Hola Paula. Esto que te voy a contar no es tu aita. Es la visión particular y desenfocada sobre unos tiempos en los que se compartieron trabajo, mesa, alegrías y penas, esperanza y desánimo. Durante más una década. No dejes que te digan eso tan gastado de que, cuando seas mayor, entenderás lo que ha pasado. Cuando pierdes a tu padre da igual que seas mayor o, como es tu caso, una niña. Se arranca una parte de tu identidad, y ni los recuerdos podrán completar ese vacío tan grande.
Nos consolamos con la memoria porque es mejor que la nada, y por eso miramos al pasado, y hacemos una selección de los momentos. Celebramos lo bueno y olvidamos lo regular. Porque toda vida se compone de claros y oscuros. No existe la excepción a esa regla.
En ese pasado hay una oficina a medio montar, mesas y llaves allen. Un tipo apresurado que fumaba y andaba y llamaba por teléfono y escribía como si no existiera un mañana. Qué ironía, era verdad, su mañana se esfumó en un momento. Tan pronto. Y ese gol que se gritó en una oficina vacía, y que asustó a los vecinos. Y la inmersión en el Abra, qué momentazo. Ese ok con la mano y las burbujas que subieron para arriba y se mezclaron con los rayos de sol. El resto de la tropa echando la papilla, mareados por unos simples borreguitos, y aquí los veteranos impasible el ademán.
Y la comida. La humanidad está dividida en dos tipos de personas. Los que comen y los que se alimentan. Ese comer la comida tres veces. La primera con los ojos, cuando salían los platos, la segunda apresurado (siempre corriendo, ¡qué manía!) y la tercera paladeando y preparando la siguiente.
Se ha discutido y peleado en esas oficinas, siempre esperando un cambio de moqueta, y de las mejores broncas surgieron las mejores complicidades. Algún inconsciente te metió por los senderos del Warcraft, y seguro que más de un orco lo sintió en su piel y en sus huesos.
Hay una playa en esta historia. El sol ya cae y el Mediterráneo abraza a un hombre que, desnudo de ropas, agobios y tristezas, entra en el mar. Si es cierto que existe un lugar en el que los buenos momentos quedan congelados ese lugar ya fue. Atrápalo, es tuyo. Para siempre.
Mírenlos. Tienen los ojos brillantes, saludan, mantienen la moral alta. Ha llegado la NASA a ayudar y nueva maquinaria. Son los mineros, son chilenos, ¡Viva Chile, mierda! y son noticia. Son noticia ahora. Mañana la máquina de triturar noticias dirá que pasó su turno y nadie se acordará de ellos. Dará igual si has ganado Eurovisión, si has sido campeón del mundo, si te llamas lady Gaga. Mañana, te lo anticipo, no serás noticia.
La digestión de los medios es ligera y su memoria efímera. Darían un brazo por tener la exclusiva de hoy pero rechazarán el largo reportaje de investigación que esa noticia merecerá mañana. Los mineros chilenos dan muy bien en la tele pero en el otro lado del mundo cada día mueren enterrados diez mineros chinos en busca del carbón y no merecen ni una línea. Son los mineros chilenos y hoy son las estrellas porque mandaron imágenes que quedan telegénicas en el informativo. Pero mañana volverán al agujero. Son los Madeleine McCann del post-verano del 2010.
Es tan real su historia, tan reales todos los que aparecen en la bocamina tratando de sacar provecho, tan reales los reportajes en los que nos hablan de las historias personales del minero enfermero, del minero bromista, del minero depresivo, del minero líder, que aún no me creo que no esté el periodista Charles “Chuck” Tatum y el “Albuquerque Sun-Bulletin” retrasando su rescate para vender más periódicos. Billy Wilder los/nos retrató en El Gran Carnaval, una de las películas sobre el periodismo que todavía no han sido superadas. Una película que habla de los enormes egos, de los intereses bastardos, de las alianzas y de las decepciones que produce un oficio que se atraganta cada día de una realidad y a la mañana siguiente la escupe para pasar a otra cosa.
Billy Wilder dijo que la película se pegó el batacazo en la taquilla porque en 1951 el público aún creía que los periodistas eran gente honesta. Eso creían, en el pasado.
No me ha gustado nada Avatar de James Cameron. No es una postura snob, os lo aseguro. Se que es una película que ha encantado a la mayoría y por eso he hecho un esfuerzo: me la he visto dos veces. Quería descartar que en el primer visionado hubiera estado influenciado por mi estado de ánimo o que quizás, el dolor de cabeza que me dieron las gafas de marras me hubiera impedido disfrutar de la peli. Y sigo en mis trece, no me ha gustado, ni en 3D ni en 2D. Me parece una película mentirosa, un canto al cinismo, un pastel y un engaño.
Podría enumerar miles de argumentos pero en el terreno de las emociones todos tenemos razón y razones: los repugnantes humanos a los que nos ha disgustado y los élficos e inefables na’vi a los que les parece una obra maestra avant-garde.
Pero en lo que no hay discusión posible es en el tema de los cigarrillos que se fuma el personaje de la doctora. Eso, amigos, es publicidad subliminal pura y dura.
No soy ningún moralista y creo que es lógico que, si una película está rodada en un garito o en los años setenta en un transporte público, o por ejemplo, en un frontón de pelota vasca, los personajes fumen como carreteros. Pero pese a los intentos de Cameron de justificar esos cigarrillos, no me cuela. Este asunto me recuerda casi al pie de la letra un diálogo de la película “Gracias por fumar”. En este film, el lobby de presión de las tabaqueras intentaban llegar a un acuerdo para introducir cigarrillos en películas de gran presupuesto. En una conversación con los productores la gente del lobby inistía en que fumaran los protagonistas de una historia que se desarrollaba en una estación espacial. El cineasta les replicaba horrorizado: “pero es un lugar con una atmosfera de oxigeno puro, si encienden un cigarrillo arderá toda la nave”. Suponiendo que, aunque en Avatar no se encuentren en una estancia de esas características, el hecho de que en los laboratorios se tenga que generar una atmósfera artificial, en un planeta hostil para los pulmones humanos, imposilita el capricho fumador de la doctora. Así que, entre col y col new age, la lechuga del cáncer de pulmón para todos los públicos.
Frase del guión de “Gracias por fumar”: ”debemos cambiar los hábitos de los americanos, en estos tiempos sólo fuman tabaco los psicópatas y los europeos”).
El dicho afirma que es mil veces preferible ser “dueño de tus silencios que esclavo de tus palabras“. Y eso viene a cuento de las preguntas que se me hacen desde diversos foros del porqué este blog, antaño frondoso y florido, está ahora mustio de comentarios.
La razón es simple. Pocas veces me he encontrado con más temas de los que hablar y menos veces he tenido unas oportunidades tan exiguas para poder hacerlo. Desde hace unos meses, me encuentro en la tesitura de que, cualquier cosa que afirmo o niego, es contemplada por mis interlocutores como si estuviera efectuando una “Declaración Oficial“. Y no, señores, cuando hablo o escribo, salvo cuando lo hago en foro publico o con membrete oficial, soy yo el que opina y mi opinión la que se expresa.
Así que, como patinador en hielo frágil y resbaladizo observo un cuidado exquisito para que nada de lo que salga de mi cabeza insensata sea tomado como cátedra o postura oficial. Es complicado ponerse en esa tesitura y observo que muchos compañeros de profesión sufren de ese síndrome o, peor aún, no lo sufren y largan por esas boquitas lo que conviene y lo que no. Ponerse en el foco es una sensación contradictoria. Todo lo que digas tendrá rango de titular pero a la vez, ese titular puede ser lo menos conveniente para tus intereses o los de los quienes te pagan por hacer tu trabajo.
Es por eso, que es preciso ( y precioso) cuando se está en una organización tener una política de comunicación coporativa unificada y coherente, en la que las estrategias sobre lo que se quiere contar estén bien coordinadas. No digo que se deba incurrir en ese cliché que se nos suele achacar a los gabinetes de comunicación y asesores de prensa de ser entes dedicados a ocultar datos o tergiversar los mismos. Comunicar, sí. Política de transparencia en la comunicación, también. Reconocer los errores, siempre. Pero, es fundamental que no haya francotiradores que disparen a la política de comunicación desde la atalaya de sus egos. Es complicado, implica humildad, pero siempre es preferible ser dueño de lo que se cuenta (o de lo que no) que esclavo de las disgresiones, de la desorganización o del exhibicionismo malsano que en ocasiones ocasiona el saber lo que se sabe y contar lo que se cuenta.
Y a buen entendedor…
Como contar en pocas líneas el vértigo que supone un cambio importante. Cómo explicar la nostalgia que siento al dejar un proyecto al que he dedicado 10 años de vida.
Como olvidar los malos ratos, lo que supuso enfrentarse a lo nuevo con muy pocas herramientas, las noches que pasé sin dormir, las chapuzas creativas, los éxitos y los fracasos.
Imposible olvidar los amigos que se hacen en el trabajo y que, seguro, que conservaré.
A los clientes por su paciencia con los fallos y su cariño y su agradecimiento por el trabajo que hicimos bien. Y la riqueza que ha supuesto conocer a tanta y tan buena gente.
Imposible , tampoco, olvidar las broncas (algunas descomunales) y las risas.
Ahora toca otra cosa y como se que nada es para siempre, me voy para otra temporada que también terminará, con ganas de trabajar, de aprender y de hacerlo bien. Y además el nuevo reto es muy interesante.
Otra etapa.
Algunas de las mejores historias y algunas de las mejores formas de contar esas historias están en los cómics. Ese “presunto arte menor” está suministrando en los últimos años argumentos al cine y las novelas gráficas se convierten en éxitos de ventas compitiendo en igualdad de condiciones con los serios libros. Ya no son los tebeos para niños. Es mucho más. Y lo mejor es que el arte contar está en pleno proceso de crecimiento. Hay muchos autores con estilos personales que hablan de asuntos que antes no se hubieran planteado. Me acuerdo de Marjane Satrapi, de la que muchos somos fans. Pienso en la serie de obras de Guy DeLisle, empezando por su visión de un régimen autocrático (que no autocrítico) en Pyoyang, sus Crónicas Birmanas o el más reciente y delicioso, por lo sutil, por lo minimalista, por lo cariñoso, por el detalle (de regalármelo, gracias) “Cómo no hacer nada“. (publicado por la generosa y arriesgada Editorial Astiberri)

una viñeta políticamente incorrecta de "No hacer nada"

Yo Tarzan, tu Jane, Ellos Alicia y Pernan
Aquellos que tenemos tan poco talento desearíamos tener mucho poder o muchos euros para, al menos, cumplir la función de Mecenas que estas gentes merecen. Me veo, como el pastelero de Cyrano, regalando bollos a personas como Alicia y Pernan que, en cuatro líneas claras reconfortan el espíritu, dan que pensar y sirven de tónico para la crisis. Su obra está en marcha y debiera ser vista, admirada e incluso estudiada en Universidades. Conocer a alguien se llama la cosa y reconforta casi tanto como un caldo de pollo para el espíritu.
Véanlo, oigan, y participen, se sentirán de lo más a gustito.
El viernes es la tercera edición de la Bazkaria. Una cita de networking empresarial que siempre está marcada en rojo en mi calendario de eventos importantes. Si queréis saber algo más acudir a su página y enteraros. Y si no llegáis a tiempo para esta edición es recomendable que la apuntéis para la próxima ocasión.
Cuando vamos a una cita de este tipo siempre tenemos mucho que contar pero tan importante como el qué es el cómo. Os dejo una serie de consejos que en mi caso me han sido de bastante utilidad.
hablar en público
Llegó el momento y hay que hablar en público y eso que parece muy sencillo es, para muchos, algo equiparable a la visita al dentista o (en ellas) a abrirse de piernas en el potro del ginecólogo. ¡Que no panda el cúnico! Como para todo en esta vida, también hay trucos y atajos para hacerlo bien y, al menos, no pasar un mal rato.
Para empezar, y aunque es malo señalar, es de destacar el (pésimo) nivel de la oratoria en nuestro país. Los políticos, los periodistas, los docentes, que son en teoría los que debieran cuidar el verbo y la palabra, son asesinos de las mismas o torturadores en los casos más leves.
Es una utopía contemplar en nuestros colegios asignaturas anglosajonas como el debate y el nivel de la discusión académica en nuestros adolescentes rara vez va más allá del “eh tío, que me rayas!”. Por lo tanto, nada de partir con la desventaja de creer que no vamos a dar la talla. Cualquier frase en la que incluyamos sujeto, verbo y predicado será un 10. Si además utilizamos el complemento directo, Cicerón llorará de emoción contemplando nuestros progresos. (more…)
Lo reconozco, soy un poco malo (pronunciese “malo” con el dedo meñique de la mano izquierda apoyado en la boca). Me fascina viajar en el tren de cercanías de la margen izquierda de Bilbao y contemplar las caras de estupor, incredulidad y sorpresa del personal cuando están hablando y se quedan sin cobertura en sus teléfonos móviles. Este tren tiene, en su trayecto desde la capital hasta Santurtzi, un trayecto de sombra en todos los móviles de unos siete minutos, pero eso da para hacer un estudio sociológico sobre el enganche que tienen muchos a su telefonino. A la sorpresa suele suceder un periodo de intranquilidad, nerviosismo e incluso, como he contemplado esta misma mañana, de agresividad. Un tipo al que se le ha cortado la conversación ha comenzado a golpear su móvil contra la barra del metal y yo, pensaba, ¡qué culpa tendrá el pobre bicho, no la pagues con la maquinita, pobrecilla!.
Cuando el tren abandona los túneles y aparece en la estación de Olabeaga casi se puede escuchar un suspiro colectivo de alivio y de inmediato se suceden las llamadas. Y es que, no es que me importe que me chillen a la oreja, pero si por lo menos se escuchara algo trascendente. Pero, como todo el mudo sabe, las conversaciones del móvil generalmente tratan sobre asuntos tan importantes como qué comida le espera al que interroga o que se hizo el pasado fin de semana. ¡Ah! y un clásico; las conversaciones en las que invariablemente se pone a parir a alguien. No es que pretenda que el tren de la margen izquierda se discuta sobre la naturaleza de la angustia existencial en la obra de Kierkegaard, pero en muchos casos a estas conversaciones estaría muy bien aplicarlas esa bella frase de que, “si lo que tienes que decir no es más bello que el silencio, cállate la boca”.
Y hablando de silencio, en los trenes de cercanías me siento en ocasiones como el personaje de Álex en la “Naranja mecánica” cuando es torturado con música de su amado Beethoven. Me encanta Mozart pero si me ponen una vez mas alguno de sus cuartetos de cuerda voy a acabar odiando al autor y por extensión a toda la música barroca.
Acabo de regresar de asistir a un Curso de Verano de la Universidad del País Vasco en colaboración con la Fundación Fernando Buesa Fundazioa titulado “La promoción de los Valores democráticos en los Medios de Comunicación”. Han sido unos días repletos de informaciones y reflexiones interesantes pero, por encima de todas, me quedo con las palabras del maestro de periodistas Iñaki Gabilondo con el que tuve la suerte de compartir una hora y pico impagable. Iñaki Gabilondo además de ser una referencia profesional es una referencia ética. Su tono es el de una persona preocupada por la deriva moral de nuestra sociedad y como tal y con el grado de enfado necesario enfocó su conferencia. Como decía el humorista Arangüena no existió una agria polémica con Iñaki Gabilondo pero si una serie de “verdades del barquero” que no puedo por menos que compartir.
Photo of the Spanish journalista Iñaki Gabilondo for the magazine Jot Down. (Photo credit: Wikipedia)
Las frases destacadas:
No acepto el caso habitual de algunos medios que dicen “voy a llegar hasta donde la raya de la Ley me dice que pare”.
El territorio de la civilidad que se supone que es un territorio compartido no se puede destruir en nombre de la libertad de expresión.
La política se está convirtiendo en una encarnizada lucha por el poder y el 95% de las ocupaciones de los partidos están dedicada a lograr el poder.
Esta es una sociedad brutalmente competitiva, es la sociedad de lo quiero todo y lo quiero ya y sin esfuerzo. Y esos contravalores democráticos nos los están vendiendo los Medios de comunicación.
La entronización del mensaje del que “sólo importa el éxito” y de que el éxito es sencillo” es dinamita para la democracia. La gente que trabaja por poco dinero en trabajos honrados y ve a la gente encumbrada y enriquecida a todas horas horas, es un mensaje brutal y demoledor.
Obligaciones del periodista:
- Hablar y escribir correctamente su idioma.
- Saber discrepar y ser duro con la crítica pero sin perder el respeto.
- Los medios y los periodistas que sólo saben preferir odiando al no preferido transmiten un mensaje terrible .
- El modo de decir es tan importante como el mensaje.
El otro es un ser invisible y si no está, ¿dónde quedan sus derechos?
Estamos en un movimiento pendular después de la dictadura. Los valores democráticos como la disciplina, el respeto a la autoridad, la autoridad se nos han ido por el sumidero.
Hay que comunicar desde el respeto a los demás, sin hostilidad, la libertad de expresión ha costado muchos esfuerzos y muchas vidas para que ahor la empleemos como coartada para enseñar a una famosa sin ropa interior (ej: el caso Marta Chávarri).
Delhoyo.com esta online desde el 2001. Ha sido un sitio web con trabajos del autor y desde noviembre de 2006 es, también, blog. Dicky del Hoyo. Soy periodista y en este blog hablo sobre los temas que me preocupan y su relación con la nuevas formas de comunicación.
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